La motivación de los educadores: la pieza clave en la transformación educativa

Por Laura Szmuch

Los maestros y profesores son  piezas claves en el sistema educativo, aunque muchas veces ellos no se den cuenta de esto. Su motivación y ganas de enseñaron el aceite que mueve todos los engranajes pedagógicos. Sin embargo, aunque se investiga mucho acerca de procesos de aprendizaje, se le presta poca atención a qué es lo que mueve a una persona a dedicarse a transmitir conocimientos a otros y a mantenerse en esa profesión a lo largo de los años. Quién es la persona que enseña, dónde lo hace (tanto física como psicológicamente), cómo se relaciona con los demás: estudiantes, padres, directivos o colegas, cuáles son sus teorías implícitas y cuál es el propósito de su función son factores importantes a tomar en cuenta en el momento de formar y capacitar al profesorado.

Tanto en Argentina, país donde nací y resido, como en muchos otros países de Latinoamérica y del mundo se habla permanentemente de una crisis educativa, y se recuerdan y enumeran las deficiencias del sistema, a través de datos estadísticos, publicaciones y notas periodísticas, entre otros. El foco parece estar en la intervención y rol del Estado, en la legislación, en factores económicos, en las metodologías de enseñanza,  en la investigación acerca de cómo se aprende, en la condición edilicia de las escuelas, en la inclusión de la tecnología en las aulas. No obstante,  poco se ha tomado en cuenta a uno de los actores fundamentales del proceso educativo, que es el docente mismo. Ya el pedagogo Pablo Freyre (1993) decía en su primera versión de Cartas a quien pretende enseñar que la “cuestión docente” es la cuestión por excelencia dentro del marco educativo de la época. Según él, el tema docente es “un tema tabú del cual nadie quiere hablar, tópico que ahuyenta el análisis y el debate, asunto que no parece encajar en ninguna agenda ni presupuesto ni organigrama ni esquema clasificatorio”. Han pasado muchos años desde su escrito y la situación no ha cambiado mucho. A pesar de esto, sigue habiendo docentes, y las escuelas continúan funcionando.

La investigación acerca de la motivación de los docentes para enseñar están relacionados con varios factores de la misma, y se han centrado, principalmente, en factores tales como la orientación laboral o profesional, otras en la satisfacción laboral, desarrollo profesional, identidad vocacional, toma de decisiones en relación con la futura profesión. Aunque el rol de la persona como agente activo en su dirección profesional ha sido tomado en cuenta, no parece haber sido reconocido formalmente.

La motivación para enseñar del docente es un factor que repercute  tanto en su mismo  desempeño como en el de sus estudiantes. Si bien hay diferentes variables dentro de la motivación, hay algo que guía a quien se dedica a enseñar, y ese algo es una idea a veces consciente y otras no, acerca de la importancia de su actividad para la sociedad en la que se desenvuelve.

¿Cuáles son las conductas docentes que hacen que estén motivados a enseñar? ¿Qué cosas hacen los educadores motivados?  Una de las primeras consideraciones es la dedicación de tiempo y esfuerzo consciente en desarrollar una buena relación con sus estudiantes. Si bien muchos docentes dicen que quieren establecer rapport o empatía con sus alumnos, solo buenas intenciones no son suficientes.   Los docentes deben dar pasos activos para crear las mejores condiciones para que los alumnos se sientan valorados y sepan que hay grandes expectativas para ellos. A través de su lenguaje corporal, de la forma en que se dirige al alumno, de su comunicación verbal y actitud, el docente le transmite al alumno su deseo de llegar a él (Szmuch, 2001). Según el lingüista Mehrabian, las conductas no verbales tienen más impacto que las verbales. La influencia de la expresión facial, del tono de voz, y postura corporal es mucho mayor que lo que se está diciendo en palabras. Las emociones, tanto las llamadas positivas como las negativas, se transmiten a través de conductas no verbales. Son sutiles, sin embargo, la falta de énfasis en la importancia de la comunicación no verbal en la educación “colabora con perpetrar una situación en la cual los sentimientos no aceptables socialmente  deben ser expresados en conductas diferentes a la del habla y no pueden ser reconocidas “oficialmente” como parte de la comunicación de una persona” (Mehrabian, 1971).  Los mensajes no verbales suelen ser inconsistentes con lo que el docente está diciendo en palabras, por lo tanto, un trabajo de concientización corporal  y de comunicación no verbal en general, por parte de los educadores clarifica y ayuda a hacer más transparente la relación con sus estudiantes.

El docente que adapta su material para los distintos tipos de estudiantes, que genera actividades nuevas y especiales, que investiga, que se ocupa de sus educandos, descubre que su trabajo, más allá de ser creativo, se convierte en un proceso de re-descubrimiento (Szmuch, 2001). En relación a la preparación de tareas, es necesario que el  docente ofrezca una variedad de actividades que permitan fomentar la sensación de autonomía, de causación personal y de compromiso por la misma (Huertas y Montero, 2002).

Para poder llevar a cabo las acciones mencionadas anteriormente, el docente debe tener la capacidad de hacerlo.  Sin embargo, los programas de estudio en universidades y profesorados,  que incluyen contenidos acerca de las materias y metodología de enseñanza, rara vez tienen seminarios o talleres en los cuales los futuros docentes puedan conectarse con su vocación, deseos de compartir sus conocimientos, o motivación. Es un tema que se da por supuesto, y sobre el cual se hace poco.  Un docente motivado, a decir de sus colegas, es un buen docente. El docente que hace lo mínimo que requiere su puesto, es un mal docente.  Por un lado, los docentes tienen la responsabilidad ética, política y profesional de prepararse, de capacitarse, de graduarse antes de ejercer su capacidad docente. Se requiere que esta actividad, es decir, preparación y capacitación sean actividades permanentes (Freire, 1993).  Por otro lado, además de referirse a las capacidades docentes, Freire hace se refiere a los valores indispensables para ser un buen docente, considerando que el valor fundamental en un docente es aquel de humildad. Para poder llegar a sus alumnos, seguir enseñando y aprendiendo, los docentes deben desarrollar la habilidad de escuchar al otro, de dialogar, no solo de oírse y verse a sí mismo (Freire, 1993).   Muchas dificultades en el desarrollo de la inteligencia del niño o en el rendimiento escolar “son expresiones de carencia de amor, de ausencia de las conductas que constituyen al otro, el niño o niña en este caso, como un legítimo otro en convivencia con uno” (Maturana, 1993). Según Maturana, la emoción básica que nos hace seres humanos sociales a través de un espacio operacional de mutua aceptación en que operamos como seres sociales, es el amor.  Coincidiendo con él, Freire agrega, además de la humildad, el valor de la amorosidad, sin la cual el trabajo docente pierde significado.  Y no habla solamente de la amorosidad hacia los alumnos, sino “para el propio proceso de enseñar”.  Agrega que un docente debe también tener valentía de superar todos los miedos que pueden aparecer: a perder el empleo o a no alcanzar cierta promoción. También considera que una virtud fundamental del docente es la tolerancia, ya que es imposible realizar un trabajo pedagógico serio sin ella.  Entre otros valores esenciales para el quehacer docente, agrega la alegría de vivir, como cualidad que debe ser cultivada por el educador.

Otro de los valores fundamentales es el coraje de enseñar (Palmer, 2008). Cuando alumnos y maestros descubren juntos el territorio a explorar, la profesión docente es la más maravillosa que él ha conocido.  Sin embargo, en los momentos en que el aula no tiene vida, y el docente siente que no tiene poder para hacer nada, ser docente parece una gran farsa. Todo se convierte en un enemigo para el docente: los estudiantes parecen venir de un planeta de alienígenas, y la materia que el docente creía conocer no es más que una “manifestación patológica mediante la cual se gana la vida”. Según Palmer, el enseñar, como cualquier otra actividad humana, emerge de la vida interior de cada persona.  A medida que el docente enseña, proyecta la condición de su alma a sus alumnos, su materia, y la forma que tienen de estar juntos. Vista de esta manera, la profesión de enseñar no es más que “sujetar un espejo delante del alma del docente”. Si es capaz de mirar en ese espejo y no escapar, tiene grandes oportunidades de conocerse a sí mismo, y el conocerse a sí mismo es un paso crucial para poder relacionarse con sus alumnos y con la materia que está enseñando.  Palmer asegura que en nuestro apuro por reformar la educación, nos hemos olvidado una simple verdad: el cambio nunca vendrá por el simple hecho de renovar metodologías, reestructurar escuelas, reescribir planes de estudio o  revisar textos.  El verdadero cambio vendrá cuando el recurso humano llamado docente sea tomado en cuenta, tanto por el sistema educativo, como en el trabajo interno que cada uno de los docentes se comprometa a realizar. Si el docente dejara por un momento de estar ensimismado en puntos pedagógicos y comenzara a hablar con sus colegas acerca de quiénes son como docentes, el tema de la identidad e integridad crecería por dentro y por fuera de los docentes, en lugar de endurecer posiciones en guerras pedagógicas.

¿Cuál es el significado de enseñar? Como dice Viktor Frankl, si no hay significado en lo que hacemos, si toda la vida depende simplemente de hechos, la vida no vale ser vivida en absoluto (Frankl, 1946).

Los docentes se desaniman porque la enseñanza es un ejercicio diario de vulnerabilidad (Palmer, 1997). A medida que ese sentido de la vulnerabilidad crece, los docentes tienden hacia la pasividad y se vuelven más conservadores en la enseñanza.  Según Palmer (1998) para reducir esa vulnerabilidad, los maestros se desconectan de sus alumnos, de sus materias y aún de ellos mismos. La cultura académica misma no confía en la verdad personal. La academia honra el conocimiento objetivo, y saca al docente de dentro de sí mismo. La verdadera autoridad del docente y su motivación por enseñar surgen cuando el docente reclama su identidad e integridad, re-cordando[1] el sentido de su propio ser y su sentido de vocación. Es ahí cuando el docente puede hacer surgir la enseñanza desde su propia verdad, la cual conecta con la de sus alumnos (Palmer, 1998).

Quienes nos dedicamos a enseñar, sabemos que es cada vez más necesario adquirir nuevas herramientas y habilidades para adaptarnos al mundo cambiante y a los desafíos que se nos presentan en nuestras aulas, tanto si enseñamos a niños, jóvenes o adultos.

Hemos tomado conciencia de que la formación que hemos recibido es importante, pero no nos alcanza para ser los profesionales completos y eficientes, preparados para satisfacer las demandas de la realidad actual. Es imprescindible que nos demos cuenta de que tenemos a nuestra disposición todos nuestros recursos internos para modificar esa realidad, y contribuir a un mundo mejor, a través de lo que transmitimos a nuestros estudiantes.

Para eso es necesario que nos planteemos quiénes somos y cuál es nuestra visión como educadores. Es esencial que revisemos nuestras creencias, nuestros valores, y que cuestionemos las limitaciones impuestas desde afuera y desde adentro.

Es esencial que los educadores aprendamos cómo escuchar más eficientemente, cómo preguntar, clarificar, establecer conexión con el otro. Es importante aprender  a no juzgar, a desafiar el modo en que vemos las cosas, a invitarnos a comprometernos, a motivar con calidad y calidez, a centrarnos en soluciones y no en problemas, y a descubrir la mejor versión posible de nuestros estudiantes.

Es necesario que nos animemos a transformarnos, y que generemos  sostén y estructura para rediseñarnos, repensarnos, y desarrollarnos como seres humanos y como profesionales.

 

REFERENCIAS

Frankl, V.  (1946). Man’s Search for Meaning, Washington: Washington Square  Press

Freire, P. (1993) Cartas a quien pretende enseñar, Siglo Veintiuno Editores

Freire, P. (2008). Pedagogía de la autonomía, saberes necesarios para la práctica educativa, Siglo Veintiuno Editores,  Buenos Aires, Argentina.

Huertas, J. & Montero, JI. (2002). La intervención motivacional en el aula. Madrid: Santillana (formato multimedia para educación a distancia en la red, ISBN: 84-294-7772-1)

Maturana, H, Verden-Zöller, G (1993), Amor y juego, fundamentos olvidados de lo humano, J.C.Saez

Mehrabian, A. (1971). Silent Messages.  California: Wadsworth Publishing

Palmer, P. (1998). The Courage to Teach.  California: Jossey-Bass Publishers

Szmuch, L. et al (2001) Encouragement and support, RTNews 12, obtenido nov. 2007,

[1] En el original en inglés es “re-member”, que puede interpretarse como re-cordar, o re-membrar.

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